jueves, 28 de mayo de 2026

La Fundación Ciudadana de Valparaíso o Por qué fundar una ciudad

 

La Fundación Ciudadana de Valparaíso

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Por qué fundar una ciudad

El 17 de julio de 1999, en la antigua plaza Aníbal Pinto, se realizó el acto de fundación de la ciudad-puerto de Valparaíso. El evento contó con actas, declaraciones y la participación activa de vecinos y vecinas. A diferencia de Santiago o La Serena, Valparaíso no tuvo una fundación española formal. Lo que hoy conocemos como ciudad surgió de manera orgánica, como caleta y hábitat natural. Entre sus primeros habitantes estuvieron los changos, un pueblo originario ancestral de pescadores y recolectores seminómadas que se desplazaban por el borde costero en busca de recursos, sin establecer asentamientos permanentes. Aunque históricamente se les consideró extintos por más de cien años, fueron reconocidos oficialmente por el Estado chileno en 2020.

También estaban presentes en el Alimapu los picunches (pikun + che), cuyo nombre significa «gente del norte». Este pueblo habitaba la zona central de lo que hoy llamamos Chile, aproximadamente entre los ríos Choapa e Itata, pasando por las cuencas de Santiago y la zona de Valparaíso (Alimapu). Eran grupos agricultores y pescadores costeros, influenciados en su momento por el Imperio inca. Además, fueron los primeros en tener contacto directo con los conquistadores españoles en la zona central, quienes desde 1536 ocuparon estas geografías bajo una —irónicamente llamada— tutela civilizatoria y espiritual, repartiendo oro, mercedes de tierras, encomiendas y la gloria del Nuevo Mundo.

Por eso, la convocatoria de 1999 estableció como propósito fundar ese Valparaíso que nunca tuvo una fundación española. Aunque Juan de Saavedra llegó en 1536 y el lugar se usó como puerto de abastecimiento, jamás se erigió mediante un acta colonial. El gesto del 17 de julio de 1999 reclama ese vacío y lo llena desde la ciudadanía: fundar la ciudad desde sus propios habitantes mediante un acto poético, político y comunitario, debidamente documentado en la memoria de quienes participamos en aquella gesta.

Fue una tarde fría, pero llena de optimismo y solidaridad, en la que los vecinos acudieron al llamado de un empeño desmesurado: convocar a la ciudadanía para fundar, desde el poder soberano, su propia ciudad. Entre quienes participaron estuvo el exalcalde Sergio Vuskovic Rojo, quien durante su gestión buscó rescatar el espíritu universal de Valparaíso junto a su amigo Pablo Neruda y al presidente Salvador Allende. Este acto fue posible gracias a la creatividad del sujeto de toda transformación histórica: el poblador, el ciudadano, el habitante de sueños que construye cotidianamente la vida.

El discurso pronunciado esa tarde, a las 20:00 horas del sábado 17 de julio de 1999, se enmarcó en lo que hoy podemos definir como contracultura o rebeldía de los tiempos; es decir, el conjunto de movimientos culturales, sociales, artísticos y políticos que desafían, cuestionan o se oponen activamente a los valores, normas y estructuras dominantes de una época. La contracultura no es simplemente una subcultura —entendida como un grupo con gustos específicos que coexiste pacíficamente con el resto—, sino que nace de un deseo de ruptura y transformación que propone formas de vida alternativas.

En Chile tenemos tradición y ejemplo de ello: desde las resistencias de los pueblos originarios hasta movimientos artísticos donde destacan Violeta Parra y Víctor Jara, así como las expresiones culturales que lucharon durante la dictadura para recuperar la democracia en 1999.

Tres ejes del discurso

1. El choque contra el establishment (el orden establecido) La contracultura identifica lo que la sociedad considera «normal», «correcto» o «exitoso» y lo pone en duda; es un gesto de rebeldía frente a lo que nadie se pregunta o cuestiona. Tradicionalmente, el origen de las ciudades se ha explicado desde la lógica colonial y estatal, sin reconocer la capacidad de sus habitantes para constituirse políticamente. El acto de fundación ciudadana de 1999 cuestiona esa narrativa al ejercer el derecho de un pueblo a fundarse a sí mismo. Frente a una cultura oficial que tiende a homogeneizar, la contracultura defiende la autonomía individual, la experimentación y la disidencia.

2. Autogestión y marginalidad respecto al poder Este fenómeno suele desarrollarse al margen de los circuitos comerciales e institucionales del Estado. Se financia y sostiene mediante el trabajo comunitario, editoriales independientes, la libre distribución y los espacios vecinales. En este eje destacan dos componentes esenciales:

La creatividad como herramienta: El arte, la música, la poesía y la performance no se consideran mero entretenimiento, sino herramientas de crítica social y vehículos para proyectar nuevas realidades.

Espacios de resistencia: Se habitan los márgenes geográficos o simbólicos de las urbes —como, por ejemplo, una antigua plaza usada para fundar una ciudad—. Son lugares donde las reglas de la productividad diaria se suspenden temporalmente.

3. El contexto histórico del concepto Aunque las pulsiones contraculturales han existido siempre, el concepto se acuñó con fuerza en los años sesenta. El movimiento hippie, el pacifismo contra la guerra de Vietnam, la revolución sexual, la música psicodélica y las corrientes del underground literario —como la Generación Beat en Estados Unidos— encarnaron este fenómeno que buscaba derribar el modelo de vida burgués y tecnocrático de la posguerra. Poco después, a finales de los setenta, el punk hizo lo propio con su nihilismo, el lema «hazlo tú mismo» (DIY) y el rechazo frontal a la industria cultural.

El legado en Valparaíso

En ciudades con una carga histórica y social tan densa como Valparaíso, la contracultura se vuelve el motor que mantiene viva la memoria colectiva y la crítica al poder. Eventos como las maratones poéticas nocturnas, el teatro callejero, las publicaciones marginales o el acto de fundar una ciudad desde la ciudadanía son herederos de este espíritu. Son espacios donde, por unas horas, las reglas del mercado y la productividad no aplican, y lo único que importa es la creación humana en libertad.

Fundar el tiempo es una necesidad imperiosa de cada generación. Es un acto mediante el cual la juventud se planta frente al consumismo, los artistas frente a los ministerios de cultura, y la sociedad frente a la superficialidad de los megaproyectos que nos cuantifican y subordinan. Ese sentido, representado en la contracultura o rebeldía de los tiempos, busca encontrar su lugar en un mundo genuino, guiado por una mirada diversa y por una preocupación profunda que le permita a nuestra especie —la humana— sobrevivir y desafiarse a buscar la felicidad, a pesar de todos los pesares, en este planeta que hemos denominado frontera entre la tierra, el mar y el universo.

Arturo Morales




Una nota sobre la fundación de Valparaíso

¡Hola, Valpo! Me llamo Jeffrey Skoblow. Soy estadounidense, originalmente neoyorquino, pero vivo desde hace muchos años en un pueblo bastante pequeño en pleno centro del país, en la América profunda, a la orilla este del gran río Misisipi.
Hace unos meses, mi mujer y yo pasamos dos semanas muy agradables y memorables en Valparaíso estudiando con el poeta Arturo Morales en su escuela de Español Interactivo, en la calle Elías. Estudiamos español, claro, desde ser y estar, por y para, hasta el endiablado subjuntivo; pero también aprendimos mucho de la historia de Chile y de Valparaíso. Hablábamos mucho del asunto de la fundación de una ciudad —concretamente de Valparaíso—, de la necesidad de fundar un lugar, un pueblo, una comunidad. También conversamos en algún momento sobre la ceremonia poética en la plaza Aníbal Pinto en el año 1999, cuando los ciudadanos declararon la ciudad fundada, aprovechándose del hecho histórico de que Valparaíso nunca fue fundado oficialmente.
Normalmente —oficialmente—, la fundación de una ciudad es un acto gubernamental, una declaración de poder, de posesión, de orden impuesto. De un centro. Hablábamos también del hecho curioso de que Valpo —geográfica e históricamente— no tiene un centro, y de cómo este hecho representa un problema (una falta, un desafío) y, al mismo tiempo, una oportunidad.
¿Puede las personas fundar su propia ciudad?
Yo también vivo en un pueblo sin centro. Históricamente, los pueblos estadounidenses como el mío sí tuvieron un centro: una plaza central, típicamente un espacio verde (el town square), con la iglesia a un lado y el juzgado al otro; pero esta tradición ya es bastante anticuada y no tiene mucha fuerza. Todavía hay iglesia y juzgado, claro, pero el espacio del pueblo ya se organiza de una manera más dispersa, con la vida más atada al coche. Y el pueblo mío, Edwardsville, sí fue fundado oficialmente en el año 1818 por colonos blancos que tomaron posesión de tierras ancestralmente pertenecientes a los kickapoo y los potawatomi, entre distintas guerras. Como dice el gran poeta norteamericano William Carlos Williams: «Nuestra historia como americanos nace en el asesinato y el robo».
¿Pueden los ciudadanos fundar su propia ciudad?
A mí me parece que una ciudad —un pueblo, un lugar, con o sin fundación oficial— tiene que ser fundada por su propia gente. Aun diría yo que cada día, con sus acciones y sus omisiones, la gente funda su mundo, asegura su poder, su posesión del lugar y su sentido de orden orgánico. La gente, día a día, forma un centro o, más bien, una constelación de centros que aviva el lugar. La cuestión es: ¿cómo?, ¿con qué acciones y con qué omisiones?
Hay un proyecto ahora en Edwardsville para crear una plaza central, un lugar para pasear, sentarse o congregarse; un espacio sin coches ni negocios, un espacio puramente social. Es un lugar oficial también, construido por el gobierno local: un espacio en la frontera entre el supuesto centro y la imaginación de la gente. Entre el poder y la vida. Entre el orden y el reorden. Por lo menos, potencialmente.
Esto es lo que este aniversario significa para mí: un recordatorio del poder de la gente que solo aparentemente no lo tiene. De la necesidad de hacer arte —poesía, claro, y muralismo— y del arte de la congregación creativa para transformar el mundo en el lugar donde queremos vivir.
A mí me parece más importante que nunca ahora, dada la política retrógrada y tóxica, cruel y vacía de nuestros días. Hay que fundar algo distinto, algo verdaderamente social y saludable —y sí, poético también— con base en el amor y en la creatividad del corazón.
Un gran abrazo desde lejos,
Jeffrey Skoblow
Junio de 2026


Nota biográfica
Jeffrey Skoblow es un profesor, escritor y académico estadounidense. Es profesor emérito del Departamento de Lengua y Literatura Inglesa de la Universidad del Sur de Illinois en Edwardsville (SIUE), institución en la que enseñó durante más de 30 años tras incorporarse en 1987. Ha dictado cursos de escritura, literatura mundial y ficción contemporánea latinoamericana.



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