La Fundación Ciudadana de Valparaíso
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Por qué fundar una ciudad
El 17 de julio de 1999, en la antigua plaza Aníbal Pinto, se realizó el acto de fundación de la ciudad-puerto de Valparaíso. El evento contó con actas, declaraciones y la participación activa de vecinos y vecinas. A diferencia de Santiago o La Serena, Valparaíso no tuvo una fundación española formal. Lo que hoy conocemos como ciudad surgió de manera orgánica, como caleta y hábitat natural. Entre sus primeros habitantes estuvieron los changos, un pueblo originario ancestral de pescadores y recolectores seminómadas que se desplazaban por el borde costero en busca de recursos, sin establecer asentamientos permanentes. Aunque históricamente se les consideró extintos por más de cien años, fueron reconocidos oficialmente por el Estado chileno en 2020.
También estaban presentes en el Alimapu los picunches (pikun + che), cuyo nombre significa «gente del norte». Este pueblo habitaba la zona central de lo que hoy llamamos Chile, aproximadamente entre los ríos Choapa e Itata, pasando por las cuencas de Santiago y la zona de Valparaíso (Alimapu). Eran grupos agricultores y pescadores costeros, influenciados en su momento por el Imperio inca. Además, fueron los primeros en tener contacto directo con los conquistadores españoles en la zona central, quienes desde 1536 ocuparon estas geografías bajo una —irónicamente llamada— tutela civilizatoria y espiritual, repartiendo oro, mercedes de tierras, encomiendas y la gloria del Nuevo Mundo.
Por eso, la convocatoria de 1999 estableció como propósito fundar ese Valparaíso que nunca tuvo una fundación española. Aunque Juan de Saavedra llegó en 1536 y el lugar se usó como puerto de abastecimiento, jamás se erigió mediante un acta colonial. El gesto del 17 de julio de 1999 reclama ese vacío y lo llena desde la ciudadanía: fundar la ciudad desde sus propios habitantes mediante un acto poético, político y comunitario, debidamente documentado en la memoria de quienes participamos en aquella gesta.
Fue una tarde fría, pero llena de optimismo y solidaridad, en la que los vecinos acudieron al llamado de un empeño desmesurado: convocar a la ciudadanía para fundar, desde el poder soberano, su propia ciudad. Entre quienes participaron estuvo el exalcalde Sergio Vuskovic Rojo, quien durante su gestión buscó rescatar el espíritu universal de Valparaíso junto a su amigo Pablo Neruda y al presidente Salvador Allende. Este acto fue posible gracias a la creatividad del sujeto de toda transformación histórica: el poblador, el ciudadano, el habitante de sueños que construye cotidianamente la vida.
El discurso pronunciado esa tarde, a las 20:00 horas del sábado 17 de julio de 1999, se enmarcó en lo que hoy podemos definir como contracultura o rebeldía de los tiempos; es decir, el conjunto de movimientos culturales, sociales, artísticos y políticos que desafían, cuestionan o se oponen activamente a los valores, normas y estructuras dominantes de una época. La contracultura no es simplemente una subcultura —entendida como un grupo con gustos específicos que coexiste pacíficamente con el resto—, sino que nace de un deseo de ruptura y transformación que propone formas de vida alternativas.
En Chile tenemos tradición y ejemplo de ello: desde las resistencias de los pueblos originarios hasta movimientos artísticos donde destacan Violeta Parra y Víctor Jara, así como las expresiones culturales que lucharon durante la dictadura para recuperar la democracia en 1999.
Tres ejes del discurso
1. El choque contra el establishment (el orden establecido) La contracultura identifica lo que la sociedad considera «normal», «correcto» o «exitoso» y lo pone en duda; es un gesto de rebeldía frente a lo que nadie se pregunta o cuestiona. Tradicionalmente, el origen de las ciudades se ha explicado desde la lógica colonial y estatal, sin reconocer la capacidad de sus habitantes para constituirse políticamente. El acto de fundación ciudadana de 1999 cuestiona esa narrativa al ejercer el derecho de un pueblo a fundarse a sí mismo. Frente a una cultura oficial que tiende a homogeneizar, la contracultura defiende la autonomía individual, la experimentación y la disidencia.
2. Autogestión y marginalidad respecto al poder Este fenómeno suele desarrollarse al margen de los circuitos comerciales e institucionales del Estado. Se financia y sostiene mediante el trabajo comunitario, editoriales independientes, la libre distribución y los espacios vecinales. En este eje destacan dos componentes esenciales:
La creatividad como herramienta: El arte, la música, la poesía y la performance no se consideran mero entretenimiento, sino herramientas de crítica social y vehículos para proyectar nuevas realidades.
Espacios de resistencia: Se habitan los márgenes geográficos o simbólicos de las urbes —como, por ejemplo, una antigua plaza usada para fundar una ciudad—. Son lugares donde las reglas de la productividad diaria se suspenden temporalmente.
3. El contexto histórico del concepto Aunque las pulsiones contraculturales han existido siempre, el concepto se acuñó con fuerza en los años sesenta. El movimiento hippie, el pacifismo contra la guerra de Vietnam, la revolución sexual, la música psicodélica y las corrientes del underground literario —como la Generación Beat en Estados Unidos— encarnaron este fenómeno que buscaba derribar el modelo de vida burgués y tecnocrático de la posguerra. Poco después, a finales de los setenta, el punk hizo lo propio con su nihilismo, el lema «hazlo tú mismo» (DIY) y el rechazo frontal a la industria cultural.
El legado en Valparaíso
En ciudades con una carga histórica y social tan densa como Valparaíso, la contracultura se vuelve el motor que mantiene viva la memoria colectiva y la crítica al poder. Eventos como las maratones poéticas nocturnas, el teatro callejero, las publicaciones marginales o el acto de fundar una ciudad desde la ciudadanía son herederos de este espíritu. Son espacios donde, por unas horas, las reglas del mercado y la productividad no aplican, y lo único que importa es la creación humana en libertad.
Fundar el tiempo es una necesidad imperiosa de cada generación. Es un acto mediante el cual la juventud se planta frente al consumismo, los artistas frente a los ministerios de cultura, y la sociedad frente a la superficialidad de los megaproyectos que nos cuantifican y subordinan. Ese sentido, representado en la contracultura o rebeldía de los tiempos, busca encontrar su lugar en un mundo genuino, guiado por una mirada diversa y por una preocupación profunda que le permita a nuestra especie —la humana— sobrevivir y desafiarse a buscar la felicidad, a pesar de todos los pesares, en este planeta que hemos denominado frontera entre la tierra, el mar y el universo.
Arturo Morales


