martes, 4 de agosto de 2026

¿Qué es la poesía?

 ¿Qué es la poesía?



Para responder esta pregunta debería entregarles una definición. Y además, decirles en qué parte de la realidad la podemos observar.
Debería ser algo tan claro como la palabra flor. A una flor la puedo definir como el brote de una planta, formado por hojas de colores, del que nacerá un fruto. Y puedo decirles, con total certeza, que la encuentran en un jardín.

La primera complejidad de nuestra pregunta es definir la palabra poesía. Podríamos decir que es la manifestación de la belleza o del sentimiento estético o de la disrupción a través de las expresiones del lenguaje verbal y no verbal. Y podríamos decir, también, que habita en diferentes soportes, tantos como sea posible.

Pero... ¿nos basta esa definición? ¿Nos basta saber que vive, por ejemplo, en un libro para entenderla?
Es claro que la palabra es un hecho lingüístico. Habita en la subjetividad. Es esa subjetividad la que crea lenguaje en el más amplio sentido de expresión interior ... y se crea a sí misma. El lenguaje no solo comunica, sino que funda la identidad. El gesto de comunicar es simultáneamente estructura social y acto íntimo de creación.

Ya nos lo decía Vicente Huidobro en Altazor:
«¡Oh poetas! ¿Por qué cantáis a la rosa? Hacedla florecer en el poema».
ahí radica nuestro primer desafío. Escudriñar dónde habita esa flor. Porque la flor... habita en el poema. Y toda definición será siempre parcial, porque el lenguaje es apenas un instrumento simbólico.

Para saber qué es la poesía, tal vez deberíamos preguntarnos primero dónde vive.
¿En qué rincón sobrevive? ¿Bajo qué condiciones sentimos su presencia?
¿Basta un gesto? ¿Una imagen? ¿Un estremecimiento?
¿Se esconde entre silencios... entre resplandores... o entre ruinas?

Hoy me propongo el desafío de llevarlos a ese espacio: un territorio misterioso e inasible donde esta fortaleza simbólica —la poesía— aún resiste. Ahí, en lo profundo, acompaña desde siempre la historia humana. Con todos nuestros aciertos... y todas nuestras derrotas.
¿Ha existido la poesía desde siempre? ¿O la inventamos en algún punto de la historia para contar lo que el lenguaje cotidiano no podía?

Las primeras huellas nos llevan a las cavernas. A las marcas que los antiguos dejaron como testimonio de su existencia. Pero más allá de esas señales visibles, hay rastros aún más antiguos: ecos de una prehistoria apenas inteligible, cargada de intuiciones y de silencios.
Si queremos seguir sus raíces, debemos estar dispuestos a bajar a lo más profundo.
Porque la primera gran dificultad al hablar de poesía... es que puede hallarse en estado sólido, líquido o gaseoso.

Puede ser agua. Puede ser hielo. O neblina. Y todos esos estados forman parte del mismo ciclo. Podemos percibirla con la vista, el oído, el tacto, el olfato, el gusto... y también con esos sentidos más sutiles que aún no sabemos nombrar.
Antes de ser idioma, la poesía fue trazo: un dibujo que buscaba significado. Y antes de ser un sonido depurado... fue aullido. Y fue ruido.

Antes de adentrarnos en su función, observemos otras formas de invención que también han moldeado a este ser que, desde siempre... intenta decirnos algo.


Hacer el ejercicio de identificar «los inventos más importantes para la humanidad» es fascinante, aunque también profundamente subjetivo. Su impacto puede medirse de diversas maneras: por su capacidad de salvar vidas, transformar la comunicación o revolucionar la producción, entre otros criterios. Sin embargo, existen ciertos avances universalmente reconocidos por haber cambiado de forma radical el curso de la historia y el destino de las civilizaciones. Desde herramientas rudimentarias hasta tecnologías complejas, cada innovación ha servido de cimiento para el siguiente peldaño, impulsando el progreso de nuestra especie.
Prehistoria
2.500.000 a. C. – Herramientas de piedra: Los primeros homínidos comenzaron a modificar piedras para crear utensilios de corte, raspado y golpeo, un avance fundamental para la caza y la supervivencia.
500.000 a. C. – Control del fuego: El dominio del fuego no solo proporcionó calor y protección, sino que también permitió cocinar los alimentos, lo que hizo la dieta más nutritiva y segura.
70.000 a. C. – Aguja de coser: Fabricadas con hueso o marfil, estas agujas rudimentarias resultaron esenciales para confeccionar ropa y refugios más complejos.
35.000 a. C. – Arco y flecha: Esta innovación revolucionó la caza al permitir a los cazadores ser más eficientes y mantener la distancia de seguridad.
Antigüedad: Cimientos de la civilización
3500 a. C. – La rueda: Inventada en Mesopotamia, la rueda transformó el transporte y la alfarería, facilitando el comercio y la construcción.
3000 a. C. – Escritura: Desarrollada por los sumerios, la escritura cuneiforme fue el primer sistema para registrar información, lo que dio origen a la historia escrita.
3000 a. C. – Arado: El arado permitió una agricultura más eficiente, impulsando la producción de excedentes alimentarios y el crecimiento demográfico.
2700 a. C. – Papiro: En el antiguo Egipto, el papiro proporcionó un soporte duradero y portátil para la escritura, crucial para la gestión administrativa y cultural.
600 a. C. – Moneda: La invención de la moneda en Lidia (actual Turquía) simplificó el intercambio de bienes y servicios, dinamizando el comercio.
Edad Media: Avances lentos pero constantes
Siglo IX – Pólvora: Descubierta en China, la pólvora tuvo un impacto revolucionario en las artes militares y, más tarde, en la pirotecnia.
Siglo XI – Brújula magnética: También de origen chino, la brújula mejoró drásticamente la navegación y facilitó la exploración marítima.
Siglo XIII – Gafas: Aunque sus orígenes exactos son inciertos, las primeras gafas aparecieron en Italia, mejorando la visión y prolongando la vida productiva de las personas.
Siglo XV – Imprenta de tipos móviles: Inventada por Johannes Gutenberg, la imprenta democratizó la difusión del conocimiento al hacer los libros más accesibles y acelerar la alfabetización.
Edad Moderna y Contemporánea: Explosión de la innovación
1712 – Máquina de vapor: Thomas Newcomen desarrolló una de las primeras máquinas de vapor prácticas, sentando las bases de la Revolución Industrial.
1800 – Batería eléctrica: Alessandro Volta creó la primera pila eléctrica, abriendo el camino hacia la era de la electricidad.
1837 – Telégrafo eléctrico: Samuel Morse desarrolló el telégrafo, lo que permitió la comunicación instantánea a largas distancias.
1876 – Teléfono: Alexander Graham Bell patentó el teléfono, transformando las comunicaciones personales y empresariales.
1879 – Bombilla incandescente: Thomas Edison perfeccionó la bombilla eléctrica, llevando iluminación a los hogares y transformando la vida nocturna.
1903 – Avión: Los hermanos Wright realizaron el primer vuelo controlado y sostenido de una aeronave, marcando el inicio de la aviación.
1928 – Penicilina: Alexander Fleming descubrió la penicilina —el primer antibiótico—, lo que revolucionó la medicina y salvó incontables vidas.
1947 – Transistor: Inventado en Bell Labs, el transistor fue un elemento fundamental para el desarrollo de la electrónica moderna, desde radios hasta ordenadores.
1957 – Sputnik 1: La Unión Soviética puso en órbita el Sputnik 1 —el primer satélite artificial—, inaugurando la era espacial y la carrera por la exploración del cosmos.
1969 – ARPANET: La creación de esta red por parte del Departamento de Defensa de los EE. UU. sentó las bases para la interconexión global e Internet.
1971 – Microprocesador: Intel lanzó el primer microprocesador, un circuito integrado que contiene la unidad central de procesamiento, haciendo posible la llegada de los ordenadores personales.
1989 – World Wide Web: Tim Berners-Lee propuso el concepto de la World Wide Web, transformando radicalmente la forma en que accedemos a la información y la compartimos.
Década de 1990 – Teléfono inteligente (smartphone): Aunque la telefonía móvil existía desde los años setenta, la integración de capacidades de cómputo y conectividad a Internet en un solo dispositivo supuso un cambio de paradigma.

Esta lista es solo una pequeña muestra de los innumerables inventos que han moldeado nuestro mundo. Cada uno de ellos refleja la curiosidad innata del ser humano, su capacidad para resolver problemas y su constante impulso hacia el progreso.
La poesía como viaje: entre la historia, la memoria y la voz colectiva
La poesía nació y ha evolucionado a lo largo de la historia reflejando los cambios materiales, culturales, filosóficos y lingüísticos de cada época. Desde sus orígenes orales hasta su consolidación en la era digital, ha sido un vehículo fundamental de expresión humana.

¿Desde cuándo existe la poesía? Desde antes de que el ser humano aprendiera a escribir su nombre.
La poesía surge de la necesidad de contar, recordar, celebrar y conjurar. Antes de la invención del alfabeto, ya existían cantos, ritmos, repeticiones e imágenes sonoras para expresar aquello que no cabía en un simple gesto. Sus primeros vestigios se perfilan en las pinturas rupestres, donde el trazo rítmico del cazador actúa también como narración simbólica. Más adelante, civilizaciones como la sumeria, la egipcia o la maya compusieron himnos y mitos con una clara estructura poética.
En culturas de tradición oral —como la griega, las africanas o las prehispánicas—, la poesía constituía una memoria viva que se transmitía de generación en generación. En sus versos se resguardaban leyes...
genealogías, relatos fundacionales y oraciones. El Poema de Gilgamesh (Mesopotamia), el Libro de los muertos (Egipto) y los cantos chamánicos de los pueblos originarios son ejemplos de cómo la poesía se sitúa en la raíz misma del lenguaje ritual.
Así, la poesía no tiene una fecha de nacimiento clara: existe desde que el ser humano sintió asombro, dolor, amor o miedo... y necesitó compartirlo mediante palabras que fueran más que simples palabras.
Podemos decir que existen indicios, tanto naturales como simbólicos, que —por su esencia— habitan en los orígenes del lenguaje. No se trata de un «lenguaje de la naturaleza», sino del modo en que el ser humano interpreta, simboliza y transforma lo natural en expresión verbal.
Hecho este recorrido, se abre ante nosotros el sendero por el que avanza la palabra poética:
1. Poesía oral y épica (Antigüedad): En sus inicios, la poesía fue de tradición oral; se recitaba y memorizaba para preservar mitos, conocimientos y tradiciones. Surgieron así epopeyas como la Ilíada y la Odisea de Homero, o el Mahabharata en la India: relatos extensos que entrelazaban historia y leyenda.
2. Poesía clásica y lírica (Grecia y Roma): Con la consolidación de la escritura llegaron la métrica y la forma. En Grecia, Safo y Píndaro cultivaron la poesía lírica, centrada en la emoción personal. En Roma, Virgilio y Ovidio orientaron la poesía hacia formas narrativas y filosóficas.
3. Poesía medieval (Edad Media): Este periodo estuvo marcado por la lírica religiosa y la tradición cortesana. Aparecieron los trovadores, quienes cantaban al amor caballeresco, y surgieron obras fundamentales como el Cantar de mio Cid en España y la Divina comedia de Dante en Italia.
4. Poesía renacentista (siglos XV-XVI): El Renacimiento recuperó la tradición clásica y puso el énfasis en la belleza, la naturaleza y el amor. Destacan en esta etapa figuras como Garcilaso de la Vega, William Shakespeare y Francesco Petrarca.
5. Poesía barroca (siglo XVII): El Barroco dotó de complejidad al lenguaje poético mediante juegos verbales, contrastes y metáforas exuberantes. Luis de Góngora y Francisco de Quevedo se erigieron como figuras clave de la lengua castellana.
6. Poesía romántica (siglo XIX): ...
El Romanticismo supuso el triunfo de la emoción, la subjetividad y la naturaleza; la poesía se convirtió en la expresión más íntima del alma. Sobresalen en este periodo figuras como Lord Byron, Gustavo Adolfo Bécquer y Victor Hugo.
7. Poesía modernista y vanguardista (finales del siglo XIX y primera mitad del XX): Rubén Darío revolucionó la forma y el ritmo mediante el modernismo. Más tarde, las vanguardias —surrealismo, dadaísmo, futurismo— rompieron las estructuras tradicionales e hicieron de la poesía un laboratorio de libertad y experimentación.
8. Poesía contemporánea (siglos XX y XXI): En la actualidad, la poesía se reinventa en múltiples plataformas: spoken word, poesía visual y redes sociales. A pesar de la fugacidad del entorno digital, se mantiene como un espacio de resistencia, exploración y belleza.
El aullido de la palabra: la poesía como viaje interior y colectivo
Desde tiempos remotos, la humanidad ha buscado expresar su mundo interior y social a través del arte, y la poesía constituye una de sus manifestaciones más potentes. Desde los muros de las cavernas hasta las pantallas de los teléfonos móviles, la palabra poética ha funcionado como eco, herida, bálsamo y testimonio.
¿Qué es realmente la poesía? ¿Un mero ejercicio literario o una herramienta fundamental para la existencia?
La palabra ha atestiguado la caída de imperios, la apertura de cárceles y el impulso de generaciones enteras que la han empleado para reinventarse. Su forma muta, pero su núcleo perdura: se renueva en cada aullido y en cada susurro que brota de la noche del alma humana.
En la era digital, donde el lenguaje tiende a desmaterializarse entre el ruido y los algoritmos, la poesía resiste: es ese espacio donde el idioma recupera su profundidad y su misterio. Frente a la inmediatez de lo efímero, la poesía permanece.

El poeta, a modo de viajero solitario, forja en la palabra su voz, su espada, su nave y sus alas. Aunque la escritura germine en soledad, el poema anhela la comunión: cuando alguien lo lee y se siente identificado, la palabra se transforma en puente, deja de ser un monólogo y se convierte en vínculo.

La poesía es un oficio improbable; quizás por ello resulte el más necesario. Porque cuando nadie escucha, el poeta insiste, dejando en sus versos fragmentos del mundo, como si en cada línea vibrara la memoria de una especie empeñada en no desaparecer.

El siglo XX constituyó un hervidero poético en Chile: modernistas como Pedro Prado y Gabriela Mistral; vanguardistas como Huidobro; las generaciones del 38 y del 50, con Neruda, Anguita y Gonzalo Rojas; además de los antipoetas, rupturistas y voces de la resistencia como Nicanor Parra, Enrique Lihn, Elvira Hernández o Raúl Zurita... Un torrente inagotable.
Y, sin embargo, lo más luminoso —y también lo más esperanzador— es que todos nosotros, en potencia, somos poetas. No lo somos por oficio, métrica o tradición, sino porque sentimos, porque nombramos, porque herimos y sanamos a través de la palabra. La poesía no nos pertenece; simplemente nos atraviesa como un viento antiguo que aún sabe dónde encontrarnos. Es universal y, al mismo tiempo, particular: le habla a la tribu y a la urbe, resulta identitaria y desintegradora. En la lengua, todos y cada uno hablan de forma simultánea. La poesía es el resumen de la historia y, como señalo en un poema de Notas de un país perdido: «La poesía es un destello que ilumina la palabra; no es una ilusión, es su última verdad».




Valparaíso, 21 de junio de 2025


jueves, 16 de julio de 2026

27 años de la Fundación


Fundación de Valparaíso

Cumplir 27 años no es solo mirar el camino recorrido desde aquel julio de 1999; es, sobre todo, una promesa hacia el futuro. Es sembrar en el presente las palabras y los espacios para que las nuevas voces que hoy habitan estos cerros, o cualquier lugar del mundo, tengan el cobijo y la libertad de seguir fundando sus propios mundos con esfuerzo, cariño y generosidad.

Presentan


Célia Gourzones, Francia
Regina Friese, Alemania.
Françoise Laly, Francia.
Hans Ruoff, Alemania.
Jeffrey Skoblow, U.S.A.
Mauricio Invernizzi, Chile.
Hernán Narbona Véliz, Chile.
Martín Herrera Paredes, Chile.
Leonardo Silva, Chile.
Claudio Lazcano, Chile.
Ximena Silva San Martín, Chile.
Arturo Morales, Chile.




Al ser Valparaíso una de las pocas ciudades del continente que no cuenta con un acta de fundación española colonial, la acción del 17 de julio de 1999 constituye un ejercicio de soberanía cultural e identidad local

Este año 2026, la Fundación de Valparaíso celebra su 27.° aniversario. Lo conmemoramos aquí y en cada rincón donde existan seres humanos con un auténtico espíritu fundador.

Fundamentación y Diagnóstico 
A diferencia de Santiago o La Serena, Valparaíso "nació sencillamente" como caleta y puerto de enlace, careciendo de la cuadrícula fundacional impuesta por la Corona Española. Esta ausencia histórica fue subsanada poéticamente en 1999. El poeta Arturo Morales, en un acto de rebeldía pacífica e imaginación creadora, "fundó" formalmente la ciudad bajo el amparo de la palabra y el arte.
Hoy en día, el patrimonio inmaterial de Valparaíso corre el riesgo de quedar en el olvido de las nuevas generaciones. El diagnóstico comunal revela una desconexión de la juventud con la microhistoria bohemia y literaria de fines del siglo XX. Rescatar este evento permite:
Discutir la noción de "patrimonio" más allá de las fachadas de los edificios (hacia el patrimonio oral y performático).



Saludo de Célia GOURZONES

Marsella, Francia.

Desde el otro lado del mundo, me acuerdo de mi tiempo suspendido en Valparaíso. Me quedé allá un par de meses hace 3 anos ya. Sé que es poco tiempo. No soy chilena. No soy especialista. No conozco bien su historia.

Viajando al principio por América del Sur, Valpo me ha envuelto. Viví la ciudad, hice parte de ella por un tiempo. Cuando me fui, una amiga me dijo «vas a echar de menos a Valparaíso», como si me había integrado, como si se fuera a cambiar con mi ausencia. No solamente la mía, creo que se mueve sin fin con las llegadas, las salidas, las intenciones de sus habitantes. Un ser vivo siempre activo, en movimiento.

Si cambié a la ciudad, Valpo me transformo muchísimo también. Sentí su alma apoderarse poco a poco de cada parte de mí. La encontré en el aire, en el puerto, en las historias de lucha, sobre todo en la gente, en mi profe de español tan especial. Nuestras conversaciones me emocionaron mucho. Era otra persona al fin de los tiempos porteños.

Hoy en día puedo darme cuenta de que Valparaíso fue una fundación para mí, un punto de partida para una otra parte de mi vida. Yo sin pasado, buscando algo en el viaje sin saber qué, no sabía quién era.

Valpo tan viva, con los brazos abiertos, una luz cálida por la gente de paso, lxs perdidxs, lxs que creen en su suerte, que suenan con empezar de nuevo, con intentar otra vida, lejos. Buscando « un ailleurs ». Una ciudad fuerte, ofreciendo sus bases sólidas, de tal manera que se puede construir sobre ellas, que se puede tomar impulso.

Tal vez es el destino de las ciudades porteñas, siempre ser de nuevo fundadas por sus habitantes y en el mismo movimiento servir de fundación para ellxs. Un intercambio incesante.

Para siempre sé que soy de la gente del puerto, vengo del mar. Soy de todas la ciudades porteñas, de Marsella a Valparaíso. Soy porteña.

Célia GOURZONES

Marsella, julio 2026



Saludo de Regina FRIESE

Berlín, Alemania.

Valparaíso en una maleta: descubren fotos inéditas en un sótano de Berlín – Interactive Spanish



Saludo de Françoise LALY

Francia.




Hans Ruoff Alemania: Querido Arturo, ¿cómo estás? ¡Muchas gracias por sus pensamientos! Como alemán al principio me parecía a mí un poco extraño la idea que la fundación de una ciudad sea tan importante. En Alemania (como en otros países del "mundo viejo") la gran mayoría de las ciudades no fueron fundadas sino crecían por siglos - de acuerdos o pueblos. Sin embargo, mi opinión cambió a partir del capítulo 4. Las tesis de Eric Hobsbawm y Jeffrey Skoblow me parecen muy apropiadas para nuestra sociedad de hoy también acá en Alemania. Y mi parece perfecto su conclusión que nosotros como ciudadanos debemos ser actores, no clientes. 

¡Muchas gracias! Nos veremos en diciembre.

Hans Ruoff

Periodista

Director de la Galeria Cleartext de Berlín





Una nota sobre la fundación de Valparaíso – Interactive Spanish




Del músico y escritor Mauricio Invernizzi, quien ha compuesto una canción para

engalanar este hecho poético,





Hernán Narbona Véliz 

Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile-V Región

viernes, julio 17, 2026

Por qué fundar Valparaíso


Existía un vacío histórico que un poeta porteño, Arturo Morales, se atrevió a salvar. En forma pionera y temeraria, en la plaza Aníbal Pinto,. El año 1999, cumplió un rito fundacional, desde la poesía, y así fundó Valparaíso.


Recuerdo que, a mis 14 años, en 1963, llamé a Valparaíso "enredadera de fantasía en un mágico recodo del Pacífico" y fui uno más de los centenares de poetas encandilados por el resplandor cosmopolita de Valparaíso. Porque sin haber existido un protocolo formal que haya instaurado un nombre oficial y una delimitación territorial, Valparaíso fue ocupando sus 42 colinas en una vorágine de anarquía creativa. 


Una ciudad, según Aristóteles, es un asentamiento de personas que buscan vivir juntos, construyendo un buen vivir, lo cual implica converger en espacios materiales, institucionales y espirituales.


 Valparaíso nace como un punto orgánico, que fue gestando su propia geografía, fruto de la necesidad de un enclave portuario para la corona, con antecedentes históricos de changos y picunches desarrollando vida agrícola y pesquera.

El cimiento que consolida un acto fundacional es el tejido invisible identitario de habitantes que se reconocen y comparten lazos de afecto que conforman un derrotero, una visión compartida, un proyecto colectivo.


Desde la cultura y el arte, desde el mosaico natural de sus comunidades de base, Valparaíso se fue esculpiendo a sí mismo, con sus costumbres, su canto, su poesía y sus avalanchas migratorias, 

 fusiones étnicas que apuntaron a mestizajes universales, a síntesis que definieron la existencia persistente de una ciudad indefinida, que brilla con luz poética en las pautas culturales del globo.


Por ello, los trabajadores del arte, como habitantes constantes de esta ciudad indecible, adherimos y nos sumamos al acto fundacional de 1999, que abrió un dato historiográfico necesario, para que el Valparaíso amado, afinque su surgimiento natural en este proyecto trascendente de una ciudad que renace en la voluntad colectiva de su gente, contra viento y marea, resiliente y creativo, Valparaíso de nadie y de todos.

Hernán Narbona Véliz 



​Estimadísimo amigo y poeta Arturo, “Caballero de la Aurora”:

​No dejo de experimentar con sorpresa el que hayan pasado ya veintisiete años desde aquella noche de un día sábado (según he confirmado en el calendario) diecisiete de julio, en que, haciendo honor a tu nombre, desclavaste esa espada desde la roca del olvido y la alzaste para fundar de verdad —llamándola por su nombre— a nuestra querida ciudad y puerto de Valparaíso, declarándola territorio liberado para la creación y construcción cotidiana de sus habitantes. Celebro, sin lugar a dudas, esa gran osadía; te celebro a ti y a todos quienes encarnaron ese momento fundamental.

​Me emociona pensar que también yo fui parte de ese momento y recordar que fui uno de tantos que estampó su rúbrica en el acta de aquella fundación, aspectos que el paso del tiempo y, más que nada, la falta de vinculación cotidiana, amenazaban con borrar. Pero hoy, bastante más viejo y quizás por ello más lúcido, recupero fragmentos del recuerdo de aquella noche. Esa noche fría, porque era pleno invierno y muy probablemente el cielo estaba cubierto (eso no lo recuerdo, no es tan relevante); pero sí recuerdo a una multitud moderada de transeúntes expectantes, que no éramos transeúntes, sino ciudadanos y habitantes, pues nos congregamos y ocupamos la Plaza Neptuno y sus inmediaciones (en mi recuerdo, o quizás en mi fantasía, interrumpimos el tránsito de vehículos y locomoción colectiva, o quizás tuvimos la necesaria complicidad de alguna autoridad para disponer del espacio).

​Me veo llegando al lugar, algo incrédulo, preguntándome por el sentido y la osadía de mi amigo poeta: «¿cómo se le ocurre fundar una ciudad?», «¿creerá que tiene mucha plata o poder?», «¿no se da cuenta de que la ciudad ya está hecha y deshecha?». Resultaron intrascendentes dichas divagaciones, porque entonces se despertó en mí, en ese momento, el asombro de tu osadía; porque entonces comencé a comprender que solo con osadía, memoria y poesía se pueden fundar, refundar y reinventar ciudades y pueblos vivos.

​Podría, Arturo, intentar escarbar y explorar distintos detalles que contextualizan y han mutado desde el momento que describo: quizás no estaba cubierto el cielo de esa noche, pero sí recuerdo las luces de los faroles y las banderolas ornamentando la plazuela, y esa sensación, quizás llena de espíritu y magia, que palpitaba interconectada en el encuentro de todas y todos los presentes. Tras veintisiete años, algunas y algunos de los presentes en aquel momento fundacional ya no están físicamente; yo mismo me he mudado a las afueras de la ciudad puerto, pero sigo de cuando en cuando “bajando al plan” (porque los porteños no nos trasladamos al “centro”). La librería Ivens, muda protagonista en la foto del recuerdo, ya no existe, y otras tantas han cerrado o se han incendiado y vuelven a levantarse en otro lugar con la misma porfía de un sinnúmero de locales porteños que mutan y se reinventan sin renunciar a nuestra memoria bohemia, literaria y musical.

​Han pasado veintisiete años y nuestra ciudad ha experimentado intensas transformaciones —quizás vertiginosas para algunos— en su materialidad, su demografía, la ocupación de sus espacios, sus generaciones protagónicas, la intención y conciencia de sus habitantes; el colectivo tiene una diversidad de rostros que antes no existían o eran invisibles a nuestros ojos. Pero la memoria persiste —al menos esa es nuestra esperanza—, es porfiada, resiliente y resistente, y nadie que habite este Valparaíso puede ser impermeable o insensible a la historia que aquí se respira. Por eso celebro el acto fundacional de hace veintisiete años que pervive en cada conmemoración que realizamos, con una invitación a la acción y al compromiso: nuestras conversaciones, la poesía, el encuentro y la acción creativa serán nuestra ruta.

Martín Herrera Paredes

Testigo del 17 de Julio de 1999 y cofundador 



viernes, 16 de abril de 2010
Fundadores de Valparaíso
Recuerdo que la primera vez que Arturo Morales, poeta, me comentó sobre su idea “Fundadores de Valparaíso” me sentí incomodo y de verdad me entró comezón. Incluso recordé cuando hace mucho tiempo atrás, me enteré por la prensa local de la “fundación de Valparaíso” llevada a cabo por mi buen amigo en una acción poética.

Qué osado y atrevido, pensé yo. Fundar una ciudad que nunca fue fundada, pues a Valparaíso los españoles sólo le dieron reconocimiento y título de ciudad pero no fundación.

Vivir en una ciudad que nunca fue fundada me encanta. Esta idea mágica de pertenecer a un lugar que forma parte del imaginario poético, literario y marino me subyuga. Es como ser personaje de ficción al lado de piratas, balleneros, bares, cabarets, velámenes, arboladuras, proas y popas cual “Pequod”, el velero que zarpara para dar caza a Moby Dick. Un lugar sin fundación es algo medio salvaje, con un no sé qué sin reglas, la libertad de poder escribir sobre estas hojas en blanco o de continuar las líneas trazadas caóticamente por otros que, como yo, nos tocó la suerte de habitarlo.

Lo cierto es que no había alcanzado a captar el profundo concepto de la idea de Arturo y fue él mismo que volvió sobre este punto en una mesa en plaza Aníbal Pinto, con unas entretenidas cervezas veraniegas.

Con la pasión habitual de nuestras conversaciones, me fue develando esta singular “voladita” que fue dejando de serlo para convertirse en un profundo concepto y futura ideología.

Me explicaba el poeta Morales: Fundar Valparaíso es un llamado a que los porteños nos miremos y tomemos cuenta de que, en realidad, todos y cada uno de nosotros fundamos Valparaíso a diario. Yo lo hice en una acción poética, sin embargo en su cotidiano todos los porteños lo hacen libremente y a su puro antojo y voluntad. Pero para nosotros resulta tan normal, que no nos damos cuenta de este simple y a la vez portentoso hecho.

Grandiosas y pequeñas fundaciones diarias. No hay muchos monumentos en la ciudad que estén dedicados a porteños originarios o transplantados y que den cuenta de su particular arrojo.

La verdad es que es cierto. Desde sus primeros tiempos los porteños han dado muestras de su capacidad de autogestión e inventiva, transformando a la ciudad en pionera en muchas áreas. Cuerpo de bomberos, alumbrado a gas, ferrocarril, equipo de futbol, canal de televisión, etc. Es innegable que muchos de esos arrojos de creatividad han provenido de los extranjeros, pero eso de alguna manera se convirtió en una impronta de la ciudad.

De genios y locos tenemos todos en Valparaíso, como aquel alemán al que le dio por crear el primer submarino y tenía tanta fe en su idea volada que no dudó en llevar a su hijo a la segunda inmersión, de la cual nunca emergió. Románticos esfuerzos que sirven de inspiración a poetas y músicos.

Es por lo mismo que la ciudad tiene este aire libertario e indomable. Los que arriban perciben de inmediato esta atmósfera, este aire de lugar donde todo puede pasar, donde todo es posible, donde quedan cosas por hacer y por lo que vale la pena luchar. Qué curioso que los mismos habitantes no lo perciban, cayendo en un frecuente desgano y oscuro pesimismo.

Hoy en día los porteños han olvidado esa impronta. Sin embargo, construyen sus casas en lugares imposibles, colgando de laderas empinadas, sin darse cuenta de que siguen fundando la ciudad.

Deberíamos estar informados de nuestras proezas y celebrarlas y homenajear al porteño que consigue un logro importante.

.- Por qué nunca sabemos cuando alguno de nosotros gana un premio, me pregunta Morales???

.- Por qué no los celebramos aquí mismo y le hacemos saber que lo reconocemos???

.- Por qué no le decimos que es un fundador más y que su acto por el que se ha destacado es una nueva acción fundacional???

Me inspira el poeta Morales y de inmediato me hace ver a los porteños como arrojados fundadores que duermen el sueño del día a día. Nadie les reconoce sus “actos fundacionales”, cuando todos deberíamos mirarlos orgullosos, sintiéndonos parte de sus triunfos, convirtiéndolos en nuestra propia inspiración. Ya me imagino un premio “Fundadores de Valparaíso” otorgado anualmente a nuestros genios y valores con ceremonia y carnaval para mostrarlos y aplaudirlos públicamente cual entrada de César en Roma.

Miro y miro y ahí están los fundadores de los Carnavales Mil Tambores, los gestores de la música desde los balcones, los payasos del Museo del Títere, el mimo Tuga interviniendo las calles, un gringo que desde su fundación dispara ideas salidas de sus “brainstorming”, el mismo Morales y sus emprendimientos y muchos más que crean editoriales para lanzar noveles escritores o geniales pintores que sencillamente venden sus tarjetas pintadas de las que salen ropas colgando y pasean su genialidad y locura por las calles sin ser advertidos.

De seguro los hay muchos más, con diversas actividades, algunas empresariales que disparan desde Valparaíso y aciertan. A todos ellos deberíamos homenajearlos y celebrarlos porque son nuestros, son nuevos fundadores de Valparaíso, crean y recrean la ciudad con su nueva genialidad.

Desde esas cervezas con el poeta que veo todo distinto. Arturo Morales tiene razón. Su idea y acto fundacional me ha tocado, obrando en mí el efecto de un optimismo alegre. Ya no veo oscuros porteños que van rumiando sus problemas cotidianos.

Ahora cuando salgo a la calle veo siempre a nuevos y potentes fundadores…



… fundadores de Valparaíso.

Leo Silva

Andanzas por Valparaíso: Fundadores de Valparaíso




Por el justo y ganado derecho

Pienso que la acción de fundar una ciudad consiste en darle una constitución político-jurídica a un área geográfica determinada, la cual está habitada por comunidades o personas que se conforman a través de sus interrelaciones, costumbres, formas de asociarse y convivencia.

En el caso de nuestro querido puerto de Valparaíso, su rol e importancia histórica se reflejan en sus relaciones culturales, tradiciones y costumbres, arraigadas muy profundamente en la actividad económica marítima y en su estructura geográfica, verdaderamente particular por sus cerros. Todo esto hace que Valparaíso atraiga y enamore. Su historia es prolífica y ha jugado un rol destacado tanto en las luchas sociales como en el ámbito artístico-cultural de una forma sobresaliente. Por eso mismo, pienso que nuestro querido puerto ha sido muy castigado, teniendo que pagar el precio de su desplante. Asimismo, la influencia de inmigrantes europeos —como ingleses, españoles, yugoslavos, italianos y germanos— ha otorgado una riqueza que, unida a la propia, le da una gran diversidad y belleza a nuestra ciudad.
En lo personal, me despiertan muchas y grandes emociones las costumbres tradicionales: los juegos de la niñez, el sincretismo religioso que alimenta historias entrañables, el burrero comerciando la preciada leche de burra (noble animal), el motemei, los volantines y tantos otros recuerdos. Por ello, creo que la acción de fundar espiritualmente a Valparaíso a partir de una inquietud de su propia gente es un deber y un gran derecho. Esto le da un doble valor al ser sus propios habitantes quienes protagonizan este merecido acto. Valparaíso es su gente, sus cultores y su historia, y a mí me alegra mucho que, desde el arte, la música, la poesía, la pintura y la escultura, nos tomemos por asalto tan noble regalo. ¡Felicidades y un mejor futuro, puerto querido!

Claudio Lazcano
Barón Rojo


Yo no soy poeta.

Pero, de alguna manera, siempre he estado al borde de la poesía. Estudié Diseño Gráfico en la Escuela de Arquitectura de la PUCV y tuve varios “Talleres de América” con Godofredo Iommi, siempre hablando “del habitar el continente americano (Amereida)”, pero declamando sólo a poetas franceses como Mallarmé, Rimbaud y Baudelaire. Jamás a Neruda, De Rokha o Mistral; me parecía raro, pero en ese entonces, en la década de los 80, muchos intelectuales en Chile eran omitidos, invisibilizados e ignorados. Todos lo sabíamos.

Volviendo a la poesía, empecé a comprender que ésta no era sólo la manifestación escrita de la belleza, sino también una forma de dar vida a nuevas realidades o, como dijo Neruda,    “…el descubrimiento e intuición de la armonía”.

Por esto, cuando Arturo me invitó el 17 de julio de 1999 a la fundación poética de Valparaíso, me pareció una ocasión notable. Invité a mi amigo Allan Browne, “porteñista”, estudioso y amante de Valparaíso desde siempre, diseñador y editor de cientos de publicaciones sobre la ciudad, ilustrador y siempre “busquilla” en todas las ferias, de todo lo que Valparaíso dejara en sus puestos libres en las veredas. (Así descubrió, entre otras cosas, un vals del propio Strauss dedicado a Valparaíso, que uno de sus caseros de vereda vendía).

Fuimos muy abrigados. Recuerdo una tarde oscura y fría, y a Arturo, el poeta de verdad (quien posteriormente recibiría el premio municipal de poesía de Valparaíso), recibiendo a los invitados al magno evento. Para culminar, el poeta, con una gran espada, fundó la ciudad de Valparaíso junto a un grupo de privilegiados que fuimos convocados. Allancito observaba todo con mucha atención.

Era el Valparaíso de 1999, muy diferente al actual, aunque quizás esa diferencia se deba a que yo tenía 27 años menos y mi mirada era más romántica y esperanzadora. En ese entonces, Valparaíso tenía tantos amantes de sus esquinas y escaleras, de su carrete y bohemia, de su historia y de sus personajes notables, que parecía que la ola venía subiendo y, al fin, despegaría. (Entre paréntesis: cuatro años después Valparaíso sería declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco). Así que mi mirada no estaba tan equivocada.

Pasó mucha agua bajo el puente: tuvimos tragedias (un incendio que abarcó más de seis cerros), un estallido social que casi destruyó el comercio detallista del centro y, para rematar, una pandemia mundial que paralizó la economía. Valparaíso resiste, pero apenas.

Cuando terminó el evento fundacional en la Plaza Aníbal Pinto, a un costado de la Fuente de Neptuno, nos fuimos en la entonces micro “14”, conversando sobre la importancia de la fundación poética y mencionando a Joaquín Edwards Bello, Sara Vial, María Martner, Carlos León y tantos otros que han amado profundamente a Valparaíso… La lista es larga y sigue creciendo.

Ximena Silva San Martín


La Fundación Ciudadana de Valparaíso 

o Por qué fundar una ciudad


La misión del artista es moldear, a través de lo simbólico, la voz de la multitud: transformar la rutina de todos los días en algo único y excepcional mediante el más hermoso —e imposible— de los oficios.

1. Bienvenida y Apertura
«Doy la bienvenida y agradezco profundamente a cada uno de ustedes que ha querido
sumarse a este conversatorio para dialogar sobre nuestro amado e inevitable Valparaíso.
Quiero agradecer, en primer término, al periodista y encargado del MuseoLab de
Aprendizaje y Divulgación Patrimonial, Claudio Ampuero, por su motivación e interés en
este nuevo aniversario de nuestra temeraria y poética fundación. Del mismo modo,
agradezco a la Sociedad de Escritores de Chile, que ha manifestado su respaldo a esta
celebración; al músico y escritor Mauricio Invernizzi, quien ha compuesto una canción para
engalanar este hecho poético, al patrocinio otorgado por la Corporación Cultural Les
Enfants Terribles y a todos los y las amantes de este sentimiento que llamamos
Valparaíso».
Estimados asistentes e invitados especiales: mi nombre es Arturo Morales. Nací en
Valparaíso y viví mi infancia en el cerro Mariposa junto a mi familia. Apenas dos cuadras
más arriba de nuestra casa se encontraba la zona de interfaz de la ciudad; subir esas dos
calles significaba adentrarse y pasear por el bosque. En el entorno donde crecí, solo un
vecino tenía teléfono y solo uno poseía una camioneta. Los niños jugábamos en la calle y
muchos de nuestros juguetes eran elementos que tomábamos directamente de la
naturaleza.
Al encontrarme hoy, en el año 2026, en el Café Quebrada Elías y mirar hacia atrás,
constato que la vida ha cambiado de un modo vertiginoso, produciendo transformaciones
significativas en mi propia existencia y en la de la ciudad.
Tradicionalmente, el origen de las ciudades se ha explicado desde la lógica colonial y
estatal, sin reconocer la capacidad de sus habitantes para constituirse políticamente. El
acto de fundación ciudadana de 1999 cuestiona esa narrativa al ejercer el derecho de un
pueblo a fundarse a sí mismo.
Si pensamos en el sábado 17 de julio de 1999 a las 20:00 horas —de lo cual ya han
transcurrido 27 años—, recordamos aquella emblemática tarde de invierno en la plaza
Aníbal Pinto. Fue un momento especial que congregó a vecinos, artistas y ciudadanos en
torno a un doble hito: la presentación del libro 23 poemas itinerantes y el acto de fundar la
ciudad de Valparaíso.
Fue una tarde fría, pero llena de optimismo y solidaridad, en la que acudimos al llamado
de un empeño desmesurado: convocar a la ciudadanía para fundar, desde el poder
soberano, su propia ciudad. Entre quienes participaron estuvo el exalcalde Sergio
Vuskovic Rojo, quien durante su gestión buscó rescatar el espíritu universal de Valparaíso
junto a su amigo Pablo Neruda y al presidente Salvador Allende. Tengo en mi memoria a
tantas queridas personas que llegaron a compartir este oceánico compromiso. Este acto
fue posible gracias a la creatividad del sujeto de toda transformación histórica: el poblador,
el ciudadano, el habitante de sueños que construye cotidianamente la vida.
Ante este acontecimiento, la pregunta fundamental sigue resonando con fuerza: ¿por qué
fundar una ciudad?, ¿qué profundas motivaciones impulsan este acto aparentemente
temerario?2. El Vacío Histórico y el Origen Orgánico
Hace ya casi tres décadas, la plaza Aníbal Pinto (conocida antiguamente como la Plaza
del Orden hasta 1884) fue el escenario de este hito inédito en la historia urbana local: el
acto de fundación ciudadana de la ciudad-puerto de Valparaíso.
A diferencia de urbes como Santiago o La Serena, Valparaíso jamás contó con una
fundación española formalizada mediante actas coloniales o un trazado geométrico
planificado bajo las normas de la Corona. Lo que hoy se erige como una urbe densa y
compleja surgió, en realidad, de manera totalmente orgánica: como una caleta de
pescadores y un hábitat natural adaptado a las difíciles condiciones geográficas de la
costa.
Antes de cualquier atisbo de asentamiento europeo, estas tierras, playas y quebradas —el
Alimapu— estaban habitadas por comunidades originarias ancestrales:
Los changos: una comunidad seminómada de pescadores y recolectores que se
desplazaba continuamente por el borde costero en busca de recursos marinos, sin la
necesidad de erigir estructuras o poblados permanentes.
Los picunches (pikun + che, "gente del norte"): habitantes de la zona central chilena
distribuidos entre los ríos Choapa e Itata. Eran grupos de agricultores que también
dominaban la pesca en el litoral.
Estas tierras y este mar que hoy llamamos Valparaíso no empezaron en 1536 con la
llegada de los españoles, ni nacieron de un papel firmado. El plan de la ciudad (donde hoy
se emplazan la plaza O'Higgins y el Congreso Nacional) era una zona de humedales y
costa que estuvo densamente habitada por comunidades organizadas, las cuales
enterraban a sus muertos y celebraban su cultura siglos antes de que se pensara en la
existencia de un puerto como el que hoy conocemos.
La llegada de los conquistadores españoles y la posterior instauración del régimen colonial
se justificaron bajo el amparo de una tutela civilizatoria y espiritual, procediendo al reparto
de mercedes de tierras, oro y encomiendas. La historia de este territorio, ciertamente,
comenzó a dar un giro en 1536, cuando el navegante Alonso de Quintero arribó a la bahía
a bordo del navío Santiaguillo, en una misión de apoyo a la expedición de Diego de
Almagro. Poco después, guiado por este soporte marítimo, el capitán Juan de Saavedra
llegó por tierra y bautizó el lugar como Valparaíso, en recuerdo de su pueblo natal en
España.
A pesar de que el área se consolidó gradualmente como el puerto de abastecimiento de la
naciente gobernación, jamás se levantó un acta formal de fundación. Por lo tanto, el gesto
ciudadano de 1999 nació precisamente para reclamar y llenar ese vacío histórico a través
de un acto poético, político y comunitario.3. Fragmentación de la Memoria y Pensamiento Mágico
Carecer del conocimiento adecuado de nuestra historia nos condena a una mirada fragmentada sobre la memoria, la identidad y los hechos que nos anteceden. La poca certeza sobre nuestro pasado, sumada a la insuficiencia en los recursos de investigación de la academia, genera un temor natural a declarar nuestra historia de manera certera y clara.
Un ejemplo de lo que permanece oculto ocurrió en el otoño de 2016, en el marco del proyecto de construcción de los estacionamientos subterráneos de la plaza O’Higgins. Las intervenciones arqueológicas de rescate sacaron a la luz osamentas y objetos prehispánicos de culturas antiguas. Como bien circuló en redes sociales y archivos comunitarios (tales como Valparaíso del Recuerdo II), la ciudadanía se sorprendió ante el hallazgo de reliquias que daban cuenta de distintas fases de ocupación en un lapso amplio de tiempo, sentando un precedente de todo lo que aún yace bajo la superficie de Valparaíso.
El propósito de esta reflexión no es realizar un estudio para especialistas en arqueología, sino dejar constancia del desarrollo con el que cuentan estas disciplinas y de la investigación que se hace indispensable, junto a la necesidad de divulgar y promocionar este conocimiento en la cultura local.
También es cierto que destacados autores de Valparaíso nos han señalado:
«Valparaíso no es una ciudad, pues por mucho que hablemos de "la ciudad", esta en realidad no existe: es una confederación de 42 cerros y el plan. Y, por si no fuera suficiente, es fácil de constatar que no tiene un centro. Cada cual se lo imagina como quiere».
Por lo mismo, la tarde de la fundación se dejó constancia en los poemas a modo de recomendación: «No gires, la ciudad no existe, desinventando Valparaíso...». Pero la poetización de Valparaíso no significa su abandono ni su olvido.
Cuando no existe una certeza empírica al alcance de la comunidad, nace de forma espontánea el "pensamiento mágico": una manera de describir el pasado por medio de la imaginación colectiva e individual ante la falta de investigación, documentación y archivos accesibles. Esto se vuelve especialmente evidente en un lugar que se nutre de historias, leyendas, cuentos y mitos en la políglota noche de Valparaíso, tal como ocurre en todos los puertos del mundo.
En mi caso, a lo largo de más de dos décadas de trabajo en relaciones internacionales e intervenciones culturales con personas de diversos países y lenguas, he evidenciado el profundo interés de los extranjeros por descifrar el pasado de nuestro puerto. Sin embargo, resulta complejo rastrear la memoria local debido a la falta de instituciones que entreguen este maravilloso conocimiento de un modo pedagógico y didáctico.
Existen otras culturas que documentan su pasado mediante estrategias de líneas temporales de larga extensión que facilitan el vínculo intercultural; promocionar esto en nuestro caso potenciaría no solo nuestro Patrimonio de la Humanidad, sino a todo Valparaíso y durante todo el año. Nuestro desafío es sostener una memoria fidedigna de lo que somos, tomando en consideración que en los próximos años se cumplirán casi 500 años de historia de influencia europea, sumados a toda aquella historia que precede a esos cinco siglos y que constituye nuestras raíces originarias y fundamentales.4. Constataciones y Propuestas
A partir de lo antes expuesto, quiero colaborar con algunas propuestas que podrían ayudar a este conversatorio sobre la fundación de la ciudad:
a) Cada generación debe fundar su propio tiempo
Aunque el historiador Eric Hobsbawm señala en su análisis del siglo XX que las sociedades
contemporáneas se han desconectado de la historia que las antecede —pensando erróneamente que cada generación construye un mundo completamente nuevo—, la verdadera importancia radica en la reapropiación del presente. Cada época debe fundar su propio tiempo desde su experiencia, su mirada y sus necesidades actuales; no como un desprecio al pasado, sino como un acto de vigencia. Es el derecho de la juventud frente al mundo que ha heredado, de los creadores frente a la burocracia cultural, y de la sociedad frente a la deshumanización del territorio.
b) El verdadero poder transformador radica en el sujeto histórico
El valor de la democracia y del cambio social no pertenece al establishment o al poder establecido, sino a la capacidad del sujeto histórico para transformar la realidad. Ejemplos de esto abundan en la historia universal y local: desde los médicos de Valparaíso que encontraron por sí mismos una solución autónoma a la epidemia de viruela que el poder central de Santiago no supo resolver —como lo señaló en esta misma sala Andrés Lagomarsino en su libro Valparaíso en 1905: La viruela que arrasó la ciudad—, hasta la actitud solidaria de las personas frente a los terremotos o la fuerza del fuego que en
tantas oportunidades han dejado marcas indelebles en nuestra memoria.
Otro testimonio es el mutualismo que se dio en nuestra ciudad desde el año 1855. Hoy aún podemos encontrar en la calle Yerbas Buenas algunos letreros y placas de esa actitud ciudadana; por ejemplo, la Federación Provincial de Valparaíso y, unos metros más abajo, la Sociedad Amantes del Progreso, esta última fundada en el año 1887. Posteriormente, en el mismo sentido del poder en la base social, aparecen los sindicatos como fuerza social en Valparaíso desde el año 1887, en el marco de la Cuestión Social, proceso dado según los historiadores entre los años 1880 y 1920.
A esto se suman hitos globales en la misma dirección, como el del 1 de diciembre de 1955 en Montgomery, Alabama, cuando Rosa Parks se negó a ceder su asiento a un pasajero blanco en un autobús municipal, un acto de desobediencia civil pacífica con un impacto histórico profundo. O, como nos escribió Jeffrey Skoblow, escritor norteamericano y doctor en literatura inglesa, a propósito del aniversario de este 17 de julio:
«A mí me parece que una ciudad —un pueblo, un lugar, con o sin fundación oficial— tiene que ser fundada por su propia gente. Aun diría yo que cada día, con sus acciones y sus omisiones, la gente funda su mundo, asegura su poder, su posesión del lugar y su sentido de orden orgánico».
Jeffrey, junto a Mary Grose, nos señalan que su comunidad hoy se encuentra en la tarea de construir una plaza en su ciudad como un espacio común, una plaza para darle alma a la comunidad.
c) Reencontrarnos físicamente ante la desmaterialización virtual
Vivimos en un mundo donde se hace cada día más necesario reencontrarnos físicamente frente a la oferta de desmaterializar nuestras interacciones a través de las posibilidades tecnológicas que hoy facilitan la comunicación virtual. Sabemos que la esencia de Valparaíso es orgánica, tal como lo señalaba al inicio de mis recuerdos en los cerros del puerto. Esto debe ir acompañado de aquellos pilares fundamentales que promueven organizaciones ocupadas del futuro de nuestro planeta, los cuales son:
El respeto por la diversidad étnica, cultural, de género y religiosa.
El respeto por los derechos humanos.
La solidaridad entre los pueblos del mundo.
El cuidado de nuestro medio ambiente.
El uso de energías limpias y renovables.
Porque Valparaíso es, en esencia, la combinación de la diversidad que posee la vida.
d) Recuperar la creatividad frente al consumismo
El gran desarrollo económico de nuestro puerto se produjo cuando se combinaron el avance del conocimiento humano con las oportunidades que nos brindaron las condiciones naturales y estratégicas de este rincón al sur del mundo; fue así como la "Joya del Pacífico" se convirtió en un verdadero faro para el planeta.
Como sociedad, hemos debilitado el pensamiento creador, adaptándolo dócilmente a las lógicas del consumismo. La contracultura y los actos poético-políticos-culturales, como el de 1999, nos recuerdan que los ciudadanos no somos meros clientes de una ciudad o de una sociedad, sino los verdaderos autores de su relato y de su destino.
¡Que viva la Poesía!
Muchas gracias.
Atentamente.

Arturo Morales
Fundador
Proyecto Cultural Valparaíso
www.spanishvalparaiso.cl
WhatsApp: +56 9 92864973
Dirección: Avenida Elías 567, Cerro Cárcel, Valparaíso.
Chile




martes, 2 de junio de 2026

Una nota sobre la fundación de Valparaíso de Jeffrey Skoblow

 Una nota sobre la fundación de Valparaíso


¡Hola, Valpo! Me llamo Jeffrey Skoblow. Soy estadounidense, originalmente neoyorquino, pero vivo desde hace muchos años en un pueblo bastante pequeño en pleno centro del país, en la América profunda, a la orilla este del gran río Misisipi.

Hace unos meses, mi mujer y yo pasamos dos semanas muy agradables y memorables en Valparaíso estudiando con el poeta Arturo Morales en su escuela de Español Interactivo, en la calle Elías. Estudiamos español, claro, desde ser y estar, por y para, hasta el endiablado subjuntivo; pero también aprendimos mucho de la historia de Chile y de Valparaíso. Hablábamos mucho del asunto de la fundación de una ciudad —concretamente de Valparaíso—, de la necesidad de fundar un lugar, un pueblo, una comunidad. También conversamos en algún momento sobre la ceremonia poética en la plaza Aníbal Pinto en el año 1999, cuando los ciudadanos declararon la ciudad fundada, aprovechándose del hecho histórico de que Valparaíso nunca fue fundado oficialmente.

Normalmente —oficialmente—, la fundación de una ciudad es un acto gubernamental, una declaración de poder, de posesión, de orden impuesto. De un centro. Hablábamos también del hecho curioso de que Valpo —geográfica e históricamente— no tiene un centro, y de cómo este hecho representa un problema (una falta, un desafío) y, al mismo tiempo, una oportunidad.

¿Pueden las personas fundar su propia ciudad?

Yo también vivo en un pueblo sin centro. Históricamente, los pueblos estadounidenses como el mío sí tuvieron un centro: una plaza central, típicamente un espacio verde (el town square), con la iglesia a un lado y el juzgado al otro; pero esta tradición ya es bastante anticuada y no tiene mucha fuerza. Todavía hay iglesia y juzgado, claro, pero el espacio del pueblo ya se organiza de una manera más dispersa, con la vida más atada al coche. Y el pueblo mío, Edwardsville, sí fue fundado oficialmente en el año 1818 por colonos blancos que tomaron posesión de tierras ancestralmente pertenecientes a los kickapoo y los potawatomi, entre distintas guerras. Como dice el gran poeta norteamericano William Carlos Williams: «Nuestra historia como americanos nace en el asesinato y el robo».

¿Pueden los ciudadanos fundar su propia ciudad?

A mí me parece que una ciudad —un pueblo, un lugar, con o sin fundación oficial— tiene que ser fundada por su propia gente. Aun diría yo que cada día, con sus acciones y sus omisiones, la gente funda su mundo, asegura su poder, su posesión del lugar y su sentido de orden orgánico. La gente, día a día, forma un centro o, más bien, una constelación de centros que aviva el lugar. La cuestión es: ¿cómo?, ¿con qué acciones y con qué omisiones?

Hay un proyecto ahora en Edwardsville para crear una plaza central, un lugar para pasear, sentarse o congregarse; un espacio sin coches ni negocios, un espacio puramente social. Es un lugar oficial también, construido por el gobierno local: un espacio en la frontera entre el supuesto centro y la imaginación de la gente. Entre el poder y la vida. Entre el orden y el reorden. Por lo menos, potencialmente.

Esto es lo que este aniversario significa para mí: un recordatorio del poder de la gente que solo aparentemente no lo tiene. De la necesidad de hacer arte —poesía, claro, y muralismo— y del arte de la congregación creativa para transformar el mundo en el lugar donde queremos vivir.

A mí me parece más importante que nunca ahora, dada la política retrógrada y tóxica, cruel y vacía de nuestros días. Hay que fundar algo distinto, algo verdaderamente social y saludable —y sí, poético también— con base en el amor y en la creatividad del corazón.

Un gran abrazo desde lejos,

Jeffrey Skoblow

Junio de 2026



Nota biográfica

Jeffrey Skoblow es un profesor, escritor y académico estadounidense. Es profesor emérito del Departamento de Lengua y Literatura Inglesa de la Universidad del Sur de Illinois en Edwardsville (SIUE), institución en la que enseñó durante más de 30 años tras incorporarse en 1987. Ha dictado cursos de escritura, literatura mundial y ficción contemporánea latinoamericana.